Vocación política (sobre Ricardo Costa)

octubre 2, 2009
Corre el año 1995, o 1994, no recuerdo bien. Felipe González es el Presidente del Gobierno; en la Comunidad Valenciana aún gobierna Lerma; en Onda, Enrique Navarro, del PSOE (que aún es el Alcalde). Van a convocar elecciones en la Universidad, después las autonómicas y municipales; debemos conocer, afiliar e impulsar a jóvenes y colectivos cercanos a Nuevas Generaciones.
Un grupo de chavales, no más de cinco o seis, de entre diecinueve y veintidós años, subimos a cualquier municipio de Castellón donde podamos hacer campañas y actos del partido. Pueblos que no salen en los mapas como grandes poblaciones, pero que son tan importantes como el que más: Alcalá de Xivert, Cinctorres, Artana, La Llosa, Altura, Lucena del Cid…
El líder del grupo de chavales es un tal Ricardo Costa, presidente de Nuevas Generaciones de Castellón, afiliado desde que cumplió los dieciocho (y porque no se podía antes), preocupado por mil cosas, mil pueblos y mil jóvenes a la vez.
Yo tengo la suerte de pertenecer a ese grupo, y de recorrer decenas de kilómetros todos los fines de semana para captar una idea, afiliar a un par de amigos, o pensar en un articulo que resuma lo que interesa a un chaval de veinte años de tal o cual pueblo.
Sin duda, aquellos eran los mejores días de mi larga travesía por Nuevas Generaciones del Partido Popular.
Ha pasado muchísimo tiempo de aquello; mantuve durante varios años no sólo la misma ideología política que Ricardo, sino su amistad y confianza. Pero los avatares de la vida son los que son, y siendo sinceros, ya no puedo presumir (ni disfrutar) de confianza personal con el que ahora es Secretario General de los populares valencianos; seguimos en la misma onda política, pero mi relación con él se limita a encontrarnos, y recordar viejos tiempos, en los actos de partido donde coincidamos.
En mi partido, y en todos los partidos y organizaciones sociales de grandes dimensiones, hay muchos “arribistas” (por llamarlos de alguna forma). Personas que nunca se han preocupado por el partido, su gente, ni los ciudadanos en general. Se afilian hoy, y en menos de un mes ya tienen un sueldo por algún cargo político o representativo. Pierden ese sueldo, y al mes se desafilian de nuevo y nunca se supo más.
A veces te da la impresión de que hay más de estos últimos, que de personas que realmente sientan la vocación política. Y esto es una de las cosas que más me disgustan, si no la que más, de la estructura de grandes organizaciones en nuestro país.
No sabría definir qué es la “vocación política” en realidad, y no voy a buscar una definición ad hoc en google. Para mí, es la ilusión por servir a los injtereses generales, montando cosas, pensando cómo se puede hacer algo mejor, y si se puede, ponerte a hacerlo. Pero no sólo es eso. También es el disfrutar de reuniones interminables, conocer gente aquí y allá, participar en debates, escudriñarse los sesos en busca de un buen cartel o argumentario, vivir intensamente los días de campañas electorales y votaciones, querer, en suma, estar metido en tantos ajos sociales como te sea posible.
Así, las personas que tienen (o tenemos, al menos eso espero de mí mismo) vocación política, están presentes y activos en un montón de colectivos: en su partido político, en su club deportivo, en el sindicato, en la asociación de padres y madres, o de ex-alumnos de tal centro, en alguna asociación cultural o de vecinos, en alguna colla-peña-casal-falla festivo, y por supuesto, acuden a disfrutar de todos los actos sociales que pueden.
En cambio, los arribistas, van a todos los actos sociales cuando son alguien, pueden lucir palmito, o están obligados debido al cargo que tienen y el sueldo que cobran. Después, desaparecen de inmediato, o incluso presumen de no perder el tiempo en chorradas. No voy a poner nombre alguno (obviousely), pero creedme que, mientras algunos participamos de la sociedad antes de tener cargo, cuando hemos tenido cargo, y después de perderlo, en realidad son más los que sólo “sociabilizan” si está el cargo -o la promesa de cargo- por medio.
Por su parte, en esta definición caótica de “vocación política” entraría, sin duda, Ricardo Costa. No recuerdo cuándo empezó a tener algún cargo representativo por el partido, ni me importa: durante el tiempo en que tenía la cercanía de la amistad con él, no hubo un sólo dia en que no estuviera preocupado por el partido, la sociedad, e ilusionado por participar en ella. Antes y después de tener unos u otros cargos. Cuando ya no ha habido esa cercanía, me consta que ha seguido siendo así.
Costa es un político vocacional; vive por y para el partido, por y para la sociedad en la que está inmerso. Creo, sinceramente, que es una suerte para el partido y para los valencianos que hayan tipos como él; que no utilizan el partido en su provecho propio, sino que utilizan al partido para desarrollar su vocación en favor de los ciudadanos.
Ahora, Ricardo está siendo portada de periódicos a nivel nacional. No sólo me parece injusto el motivo, cuando ha hecho muchas más cosas que merecerían atención que lo que está saliendo, sino que, sinceramente, no me lo creo. Ni Ricardo es así (está en el partido porque lo vive, no para sacar provecho), ni lo necesita en absoluto (ni ha tenido nunca, ni creo que tenga problemas económicos).
Pero, sobre todo, y aprovechando que lo conocí en toda su veintena de edad, es injusto: necesitamos más políticos vocacionales y menos arribistas.
(Por si alguien lo duda: Costa no leerá nunca esta entrada, si la leyera no le daría importancia, y ni le debo ni espero nada de él; hace varios años que no mantenemos una conversación de más de dos frases, ni creo -sinceramente- que, a estas alturas, volvamos a tenerla; aprovecho la situación creada en torno a Costa para quejarme de su injusticia, y a la vez, comentar un poco sobre la vocación política versus arribistas)
Con esto me despido por hoy; a ver si reactivo un poco este blog, y así “presumo” por mi parte de vocación política, que aunque sólo soy, en la práctica, un afiliado de base de mi partido, mi vocación política sigue intacta (o eso espero).

Corre el año 1995, o 1994, no recuerdo bien. Felipe González es el Presidente del Gobierno; en la Comunidad Valenciana aún gobierna Lerma; en Onda, Enrique Navarro, del PSOE (que aún es el Alcalde). Van a convocar elecciones en la Universidad, después las autonómicas y municipales; debemos conocer, afiliar e impulsar a jóvenes y colectivos cercanos a Nuevas Generaciones.

Un grupo de chavales, no más de cinco o seis, de entre diecinueve y veintidós años, subimos a cualquier municipio de Castellón donde podamos hacer campañas y actos del partido. Pueblos que no salen en los mapas como grandes poblaciones, pero que son tan importantes como el que más: Alcalá de Xivert, Cinctorres, Artana, La Llosa, Altura, Lucena del Cid…

El líder del grupo de chavales es un tal Ricardo Costa, presidente de Nuevas Generaciones de Castellón, afiliado desde que cumplió los dieciocho (y porque no se podía antes), preocupado por mil cosas, mil pueblos y mil jóvenes a la vez.

Yo tengo la suerte de pertenecer a ese grupo, y de recorrer decenas de kilómetros todos los fines de semana para captar una idea, afiliar a un par de amigos, o pensar en un articulo que resuma lo que interesa a un chaval de veinte años de tal o cual pueblo.

Sin duda, aquellos eran los mejores días de mi larga travesía por Nuevas Generaciones del Partido Popular.

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Ha pasado muchísimo tiempo de aquello; mantuve durante varios años no sólo la misma ideología política que Ricardo, sino su amistad y confianza. Pero los avatares de la vida son los que son, y siendo sinceros, ya no puedo presumir (ni disfrutar) de confianza personal con el que ahora es Secretario General de los populares valencianos; seguimos en la misma onda política, pero mi relación con él se limita a encontrarnos, y recordar viejos tiempos, en los actos de partido donde coincidamos.

En mi partido, y en todos los partidos y organizaciones sociales de grandes dimensiones, hay muchos “arribistas” (por llamarlos de alguna forma). Personas que nunca se han preocupado por el partido, su gente, ni los ciudadanos en general. Se afilian hoy, y en menos de un mes ya tienen un sueldo por algún cargo político o representativo. Pierden ese sueldo, y al mes se desafilian de nuevo y nunca se supo más.

A veces te da la impresión de que hay más de estos últimos, que de personas que realmente sientan la vocación política. Y esto es una de las cosas que más me disgustan, si no la que más, de la estructura de grandes organizaciones en nuestro país.

No sabría definir qué es la “vocación política” en realidad, y no voy a buscar una definición ad hoc en google. Para mí, es la ilusión por servir a los injtereses generales, montando cosas, pensando cómo se puede hacer algo mejor, y si se puede, ponerte a hacerlo. Pero no sólo es eso. También es el disfrutar de reuniones interminables, conocer gente aquí y allá, participar en debates, escudriñarse los sesos en busca de un buen cartel o argumentario, vivir intensamente los días de campañas electorales y votaciones, querer, en suma, estar metido en tantos ajos sociales como te sea posible.

Así, las personas que tienen (o tenemos, al menos eso espero de mí mismo) vocación política, están presentes y activos en un montón de colectivos: en su partido político, en su club deportivo, en el sindicato, en la asociación de padres y madres, o de ex-alumnos de tal centro, en alguna asociación cultural o de vecinos, en alguna colla-peña-casal-falla festivo, y por supuesto, acuden a disfrutar de todos los actos sociales que pueden.

En cambio, los arribistas, van a todos los actos sociales cuando son alguien, pueden lucir palmito, o están obligados debido al cargo que tienen y el sueldo que cobran. Después, desaparecen de inmediato, o incluso presumen de no perder el tiempo en chorradas. No voy a poner nombre alguno (obviousely), pero creedme que, mientras algunos participamos de la sociedad antes de tener cargo, cuando hemos tenido cargo, y después de perderlo, en realidad son más los que sólo “sociabilizan” si está el cargo -o la promesa de cargo- por medio.

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Por su parte, en esta definición caótica de “vocación política” entraría, sin duda, Ricardo Costa. No recuerdo cuándo empezó a tener algún cargo representativo por el partido, ni me importa: durante el tiempo en que tenía la cercanía de la amistad con él, no hubo un sólo dia en que no estuviera preocupado por el partido, la sociedad, e ilusionado por participar en ella. Antes y después de tener unos u otros cargos. Cuando ya no ha habido esa cercanía, me consta que ha seguido siendo así.

Costa es un político vocacional; vive por y para el partido, por y para la sociedad en la que está inmerso. Creo, sinceramente, que es una suerte para el partido y para los valencianos que hayan tipos como él; que no utilizan el partido en su provecho propio, sino que utilizan al partido para desarrollar su vocación en favor de los ciudadanos.

Ahora, Ricardo está siendo portada de periódicos a nivel nacional. No sólo me parece injusto el motivo, cuando ha hecho muchas más cosas que merecerían atención que lo que está saliendo, sino que, sinceramente, no me lo creo. Ni Ricardo es así (está en el partido porque lo vive, no para sacar provecho), ni lo necesita en absoluto (ni ha tenido nunca, ni creo que tenga problemas económicos).

Pero, sobre todo, y aprovechando que lo conocí en toda su veintena de edad, es injusto: necesitamos más políticos vocacionales y menos arribistas.

(Por si alguien lo duda: Costa no leerá nunca esta entrada, si la leyera no le daría importancia, y ni le debo ni espero nada de él; hace varios años que no mantenemos una conversación de más de dos frases, ni creo -sinceramente- que, a estas alturas, volvamos a tenerla; aprovecho la situación creada en torno a Costa para quejarme de su injusticia, y a la vez, comentar un poco sobre la vocación política versus arribistas)

Con esto me despido por hoy; a ver si reactivo un poco este blog, y así “presumo” por mi parte de vocación política, que aunque sólo soy, en la práctica, un afiliado de base de mi partido, mi vocación política sigue intacta (o eso espero).

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